El actual presente histórico está atravesado por mil tensiones, algunas de ellas inquietantemente nuevas. Estos últimos conflictos tensan también el espacio de lo que siempre se llamó "izquierda", "resistencia" o "pueblo". ¿No es hora de sumergir la potencia del pensamiento en este terreno pantanoso, al margen de las cantinelas de mayorías y minorías, fuera de los tópicos de derecha e izquierda con el que tantas veces nos hemos justificado? El peligro no sería tanto lo que señalamos que mañana puede ocurrir por fuera: el desastre social o ecológico, el paro explosivo, la recesión, el hambre, la escasez del agua, el fin de las materias primas, el desastre nuclear o vírico, el estallido mundial… En este orden “global”, tal hilera de peligros es en cierto modo una cortina de humo que tapa al apocalipsis real que ya está en marcha en medio de nosotros. Nos referimos a esta espantosa normalización que, a cámara lenta y sin imágenes, a golpe de “crisis” y de alarma social, se está produciendo aquí. No lejos, sino dentro, en el cuerpo de una sociedad democrática que, por encima de todo, quiere sentirse segura y por esa razón sólo sabe mirar la vida común según el conductismo espectacular de la información. Delegar en la percepción, como hacemos a diario, es alienar un órgano vital para cualquier transformación, cultural y social, que quiera ser duradera.
Este último proceso de globalización en el que nos hemos visto embarcados en las últimas décadas, sin duda ya, ha cambiado nuestra manera de entender el mundo y de vivirlo. Más allá de las tan laureadas virtudes de un mundo globalizado de sociedades abiertas, interconectadas, con accesible movilidad, etc. también nos encontramos con todas las miserias de un sistema pautado por unos mercados financieros que están azotando sin contemplación el siempre frágil equilibrio de nuestras sociedades. Se ha impuesto un modelo de comportamiento, el homo economicus, cuya lógica de mercado empuja a la marginalidad e incluso al olvido las otras dimensiones de la naturaleza humana. Las primas de riesgo, los tipos de interés, la inflación, el PIB, el crecimiento… son los criterios de valoración del estado de salud de las sociedades, olvidando el clima y equilibrio sociales, las formas de identidad y expresión de los pueblos,… Especialmente, está poniendo al descubierto las carencias e incluso colapsos de los sistemas democráticos que Occidente ha promocionado como criterio de normalización política. Y si cabe destacar un ámbito especialmente marginado y ninguneado, éste es el de lo común, lo compartido, lo relacional. Sin duda está siendo un proceso que deja tras de sí una larga estela de damnificados, pero también está despertando en las distintas sociedades nuevas formas resistencia y de pensamiento crítico.
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